Los autores de las diferentes biografías de Poveda se han fijado en su rostro inconfundible, camino de la madurez, a los 39 años. Un rostro tras el que se revela una persona con un algo de finura de espíritu y de delicadeza especial. El pelo, poco espeso, apunta ya blanco sobre las sienes como una aureola suave a la frente ancha y reflexiva. Los ojos claros se recogen insistentemente con el aspecto de flaqueza física. Sus modales, de gran sencillez. De su persona ¿qué llamaba especialmente la atención?


De la época de Covadonga es un soneto que un compañero de cabildo le dedicó. El primero y expresivo cuarteto es decisivo para conocerle:

Joven, sabio, andaluz, fino, elegante,
Grave, discreto, culto, bondadoso,
Naturalmente, y además virtuoso,
Sacerdote de vida edificante".

De esa misma etapa una joven maestro colaborador suyo, Luis Huerta, definía en pocos trazos el recuerdo imborrable que le dejó: "Era un canónigo rubio, impecable, simpático. Con una fina ironía. Vivía el problema educativo a fondo, era un lector infatigable y estaba muy bien orientado"

Un lector que podía únicamente enfrascarse en libros y pensamientos si no fuera porque insistía constantemente en las obras como prueba que valida nuestras ideas: "ellas dicen con elocuencia lo que somos". Así, Luciano García Jove, un sacerdote ovetense que entendió su obra desde el primer momento insistía: "No vivía solamente de proyectos; era también hombre de acción". Y Antonio García, obispo en 1961 de Tuy-Vigo, confirmaba esta percepción: "La bondad sacerdotal le llevó a extremos torturadores. De conciencia delicadísima, su espíritu de apostolado lo lanzó por el camino de aventuras tan atrevidas, algunas veces, que yo las llamaría temerarias"


¿Qué veían en él las jóvenes estudiantes?

A Magdalena Martín Ayuso, que colaboró con él desde Covadonga, le impresionaba la confianza que ponía en las personas: "Recuerdo algunas frases de sus cartas que siempre me han impresionado profundamente: "Hay que creer en las personas", "Yo, que tanto espero de tí".


Ana María López, joven estudiante de farmacia que le conoció en Madrid, admiraba sus innatas dotes de educador y maestro: "De él aprendí a orientar una discusión en un círculo de estudios, a despertar inquietudes en una mesa redonda, a ponerme en contacto con el mundo obrero de las clases nocturnas y en las fiestas organizadas por las asociaciones sindicales incipientes. De él aprendí la importancia de la tarea monótona y sacrificada, de la educación sistemática en los distintos niveles. Todo esto después de una toma de conciencia por su parte, a la que correspondía otra por la mía, de que todo el bagaje cultural se había de transformar en una acción puesta en todo momento al servicio de los demás".

La igualdad de ánimo llamaba fortísimamente la atención a las jóvenes: "Con igualdad de ánimo atendía a los unos y a los otros, poniendo al servicio de los primeros su talento, su prudencia y su visión certera de los asuntos; y al de los segundos, su bondad y su experiencia de las personas. Yo observé sus dos cualidades, a mi parecer características: su dulzura inalterable y su caridad, que se extendía a todos" (Julia García Castañón). Opinión que corroboran otros que podían tener más elementos de juicio, como el que fue Patriarca Obispo de Madrid-Alcalá, Leopoldo Eijo y Garay: "La serena igualdad de ánimo, reflejada en su rostro, siempre afable y sonriente, tanto en las horas felices como en los momentos amargos de su vida, es nota característica del imperturbable Don Pedro Poveda".

Ya en sus años de madura plenitud, Baldomero Jiménez Duque, ofrece un juicio "redondo" y a la vez matizado: "Mi visión de Don Pedro es la de un hombre todo educación, bondad, sencillez, parco en palabras, piadosísimo, santo. De muy delicada salud, de psicología suave, sensibilísimo con una sensibilidad andaluza fina y rica, apto, por consiguiente, para mucho sufrir. Este fondo humano hubiera hecho de él fácilmente un hombre tímido, melancólico, inoperante. Pero la gracia de Dios, su fe y su confianza, le dieron serenidad y firmeza, fuerza y constancia para realizar su obra".

Rasgos todos que nos acercan a un hombre de fe, un educador y un amigo, el "amigo de las altas y dificilísimas empresas de apostolado " (Enrique Herrera Oria), del que diría la socióloga y periodista María de Echarri: "Conocerle era quererle, tratarle era venerarle".


^ Arriba