Pedro Poveda, consciente de los desafíos del momento que le tocó vivir, supo captar la importancia de la secularización y en él surgió la idea de una vida vivida en medio del mundo como los primeros cristianos, con una presencia transformadora en la sociedad. Bajo esta inspiración funda la Academia de Oviedo en 1911, germen de la Institución Teresiana, cuya titularidad se acogía a Santa Teresa de Jesús, mujer de amplia cultura -doctora de la Iglesia- y de sólida vida de oración, y con ella le nace a la Iglesia un estilo nuevo.

Las jóvenes profesoras de la Academia en nada se diferencian de las demás: "En Jesucristo, bajo una apariencia de sólo hombre, está Dios; en vosotras, bajo un exterior común, debe estar el espíritu de Dios". Y con este espíritu se establecen a partir de ese año academias por muchas ciudades de España, así como residencias universitarias femeninas como la de Madrid, la primera de España, en 1914.


La Institución Teresiana es una Asociación Internacional de Fieles laicos que actualmente se extiende por 30 países. Se propone la promoción humana y la transformación social mediante la educación y la cultura desde el Evangelio. Sus miembros son mujeres y hombres que, según su vocación específica y la modalidad de sus tareas, realizan en los distintos campos educativos, culturales y profesionales la vocación cristiana de los fieles laicos en el mundo "al estilo de los primeros cristianos", como quería su Fundador.

Los numerosos escritos de Pedro Poveda dedicados a sus miembros trazan un itinerario que parte de la radicalidad de la vida cristiana y presenta algunas líneas esenciales, como la vida en el Espíritu, el cristo centrismo, la sólida devoción mariana y el profundo sentido de Iglesia. A la vez hace de la educación y la cultura, especialmente en los más necesitados, un verdadero signo del Reino de Dios.


En 1917 la Institución Teresiana fue reconocida civilmente en Jaén según la Ley de Asociaciones vigente, y obtuvo aprobación eclesiástica diocesana como Asociación de Fieles, llamada "Pía Unión" en el recién promulgado Código de Derecho Canónico. El 11 de enero de 1924 es aprobada a perpetuidad por el Papa Pió XI.

Toda esta ingente tarea, que se mostraba como un carisma muy nuevo y eficaz en la Iglesia, pudo llevarla a cabo e impulsarla gracias a sus amigos, colaboradores y un grupo de mujeres excepcional, entre las que destaca Josefa Segovia. Ésta, apenas concluida su carrera en la escuela Superior de Magisterio, se hizo cargo de la dirección en la Academia de Jaén, en 1914. Junto a ella, un grupo -cada vez más numeroso- de jóvenes como Antonia López Arista, Isabel del Castillo, Carmen Cuesta, María Díaz Jiménez, María de Echarri, Josefina Olóriz y otras, que pertenecían al campo de la docencia, al periodismo o a las distintas profesiones, hacen posible el ideal povedano. En 1936, año de la muerte de Pedro Poveda, la cifra de mujeres de distintas facultades universitarias y postgraduadas, ascendía a medio millar.

En 1928, con la colaboración de Adela Edwars, la Institución Teresiana empieza su expansión por América (Chile) y en la actualidad se extiende por once países.

En 1934, empieza a trabajar un pequeño grupo en Roma y en años sucesivos, en diversos países europeos.

En 1940 será África (Guinea española) y más tarde, en los años 60, el Congo y, muy posteriormente, en Camerún.

En la década de los 50 se llega por primera vez a Filipinas e Israel y, posteriormente, a Japón, Taiwán y la India.


Actualmente la Institución Teresiana, compuesta por cuatro mil miembros de las diferentes asociaciones, desempeña su labor en múltiples tareas humanas: en la educación formal a todos los niveles; impulsando equipos de investigación educativa y en la difusión de pensamiento en diversas publicaciones y a través del trabajo editorial.

A la vez se esfuerza, desde una perspectiva intercultural, en abrir nuevos caminos para la paz y la justicia con diversas ONGs, como Intered para España o Novamérica en Brasil.

Asimismo colabora con diversas instituciones, eclesiásticas y civiles, que se esfuerzan por humanizar y orientar el cambio de las personas y la sociedad; por colaborar en la formación de los laicos; por abrir caminos a un mundo donde se respete la dignidad de las personas y de los pueblos.


El buen entendimiento del misterio de la Encarnación , clave de una vida plenamente humana y toda de Dios, es para sus miembros el fundamento de un compromiso exigente en respuesta a los desafíos de nuestro mundo, marcado en gran parte por la increencia y la injusticia.

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