La vocación sacerdotal fue un deseo largamente acariciado por Pedro Poveda y que recorrió su Diario en diferentes ocasiones: "Señor, que yo sea sacerdote siempre en pensamientos, palabras y obras" (Diario 15 de marzo, 1933)

Esta vocación se configuró desde su niñez, apoyada por su familia creyente y avivada por una gran sensibilidad hacia las necesidades de la gente de Linares, de los niños inmersos en el trabajo infantil en las minas y a los que veía en el barrio de Cantarranas; de los mineros que dejaban su vida en las galerías y el salario en la taberna; de la burguesía de la ciudad, que destacaba por sus tonos anticlericales.

En su adolescencia conoció organizaciones y modelos que fortalecieron su vocación: los Luises, de San Luis Gonzaga, para ser un cristiano coherente en las circunstancias de cada día y las Conferencias de San Vicente Paul para ver de cerca las dificultades de los pobres y enfermos y ayudarles. También suscitó en él gran admiración el ejemplo de San José de Calasanz, empeñado en pedir enseñanza y trabajo para muchos niños vagabundos.

Ingresó en el Seminario de Jaén en 1889 y más tarde obtuvo una beca para el de Guadix, donde fue ordenado sacerdote el 17 de abril de 1897.

Su identidad sacerdotal, configurada en torno a Cristo, está marcada por un triple registro: la carga del profetismo, la energía del guía, y el papel de mediador en el acompañamiento en la fe de la comunidad eclesial.

El profetismo, identificado con el riesgo y la lucha, nacido en la experiencia directa del contacto con la mano de Dios, le hizo lanzarse a la evangelización de los cueveros de Guadix, necesitados de pan, de dignidad y de Dios. Anunció, como ministro de la Palabra, los caminos de la esperanza nutriéndose en el compromiso y la contemplación.

En el Santuario de Covadonga, a donde se traslado desde Guadix por dificultades de comprensión, la escucha de la Palabra y la cercanía de Santa María de Covadonga -la Santina- le llevan a un descubrimiento fundamental: la importancia de los seglares en la Iglesia y su papel decisivo como factor de evangelización en una sociedad secularizada

Capaz de comprender a fondo la emergencia del laico que el mundo y la Iglesia necesitan, colaboró activamente con los nacientes movimientos de Acción Católica, como Consiliario de los Padres de Familia y de las Estudiantes Católicas y, sobre todo, con la fundación de su propia obra: la Institución Teresiana.

Guía con conciencia clara de su misión y de su ministerio. Cree lo que dice y dice lo que cree y enseña esta disciplina de la libertad que ha experimentado en sí mismo aplicándose las palabras del salmista "Yo creí, por eso hablé, pero he sido sumamente abatido". Empeñó su voluntad para vincularse a las personas y a Dios, especialmente en dos expresiones: la Encarnación y en la Eucaristía, que consideró cauces privilegiados del amor de Dios al hombre.

Como mediador, recreó el valor y la fuerza de la comunidad, buscando comprender y no condenar, acoger y no juzgar, practicar la misericordia y no el desprecio. De este modo atrajo a la participación y creó fraternidad. A su vez, la comunidad creyente vio en él a un hombre que arriesgaba la vida por Cristo; que supo regalar amistad; vivir con libertad de espíritu; transmitir la alegría del Evangelio y, en ocasiones, renunciar y distanciarse.

La contemplación y experiencia del misterio de Dios hecho hombre, que muere por nosotros y ha resucitado, es para Poveda la fuerza y el poder de su ministerio y al que prestó toda su vida para que en él se hiciera presente para los hombres.

Si un 17 de abril de 1897 es la fecha del comienzo -la de su ordenación sacerdotal en Guadix-, el "Soy sacerdote de Cristo", confesado en Madrid en 1936 ante los tribunales, es la explicación del sentido de su vida y de su martirio.

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