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La fama de santidad rodeó a Don Pedro ya en vida y después de la muerte. He aquí algunos testimonios reveladores:
"Cuantas veces tuve ocasión de tratar al padre Poveda pude apreciar en él su modestia, humildad, delicadeza, caridad y afable trato, reveladores de una virtud no común y señales de una intensa vida interior" (Juan Aponte, sacerdote, Astorga, 24.10.1936)
"Traté al padre Poveda muy íntimamente. Piadoso, sencillo, humilde, profundo conocedor de los problemas educativos españoles, de gran celo y tacto para ejecutar… Era el hombre santo de las grandes y dificilísimas obras de apostolado". (Enrique Herrera Oria)
"Mi visión de Don Pedro es la de un hombre todo educación, bondad, sencillez, parco en palabras, piadosísimo, santo" (Baldomero Jiménez Duque, "Incunable", octubre 1974).
Y es que Pedro Poveda en la escucha de la oración puso sin reservas su vida, en un amor que se renuncia a sí mismo, a disposición de la voluntad y del reino de Dios:
"Señor, que yo piense lo que tú quieres que piense; que yo quiera lo que tú quieres que quiera; que yo hable lo que tú quieres que hable; que yo obre como tú quieres que obre. Esta es mi única aspiración" (1933, apunte personal)
En la difícil coyuntura de 1905, cuando los acontecimientos se desataron en torno a su persona, ante la Virgen de Gracia decide marchar de Guadix y su oración es esperar en silencio, porque "Mejor es sacrificarse por el prójimo, entregar por amor cuanto se tiene..."
Y en 1915, cuando la Obra teresiana se abría camino no sin dificultad, escribirá sin amargura alguna: "He sido el tema de las tertulias; se me ha puesto en solfa".
Contemplando la vida de Cristo, Don Pedro penetra en la renuncia evangélica que Jesús exige a los que quieren ser sus discípulos y comprende lo que sólo pocos comprenden: "Señor, que no sienta otra necesidad sino la de amarte"
Pedro Poveda se sabía portador de un carisma nuevo en la Iglesia y entendió su existencia entera en función de la misión que Dios le encomendaba: mostrar con los hechos que "la ciencia hermana bien con la santidad de vida"; la importancia del educador, las potencialidades de la mujer, la misión de los fieles laicos en la Iglesia... Todo realizado desde un estilo tolerante, humilde, pero a la vez audaz y solidario.
Una misión cuya clave es el misterio de la Encarnación del Verbo:
"La Encarnación bien entendida, la persona de Cristo, su naturaleza y su vida dan, para quien lo entiende, la norma segura para llegar a ser santo con la santidad más verdadera, siendo al propio tiempo humano con el humanismo verdad" (1916).
Esta es la más genuina formulación de su carisma, del don de Dios para la Iglesia y para el mundo, recibido por quien desde muy pronto se definió a sí mismo como "instrumento" en manos del Señor. Esta percepción de la persona de Cristo como clave de una vida plenamente humana y toda de Dios, constituye el núcleo de su espiritualidad y del carisma de la asociación de fieles laicos fundada por él, la Institución Teresiana.
Lo importante en Don Pedro no son sus acciones heroicas -"Yo no sé si mi hijo es santo o no lo es. Lo que sí sé es que ha sufrido como un santo", diría su madre, Doña Linarejos-, sino la decidida obediencia con que se entregó a lo que entendía era la voluntad de Dios y el envío que recibía de El. De tal modo que su vida entera sólo pudo entenderla en función de esa misión que Dios le daba para la Iglesia.
El deseo de vivir para este seguimiento de Jesús hasta la donación de la propia vida si fuera necesario, manifestado en algunas ocasiones, iba generando en él una auténtica espiritualidad martirial. La circunstancia concreta, la persecución religiosa que tendría lugar en España en 1936, fue la ocasión que puso en evidencia lo que se iba consolidando en su interior. Fue detenido el 27 de julio. No ocultó su identidad: "Soy sacerdote de Jesucristo". A la mañana siguiente su cuerpo aparecía con signos de haber recibido disparos de bala.
La vida y la muerte de este hombre de Dios pone de relieve lo que escribiría en 1925: "Los hombres y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni porque deslumbren, ni por su fortaleza humana, sino por los frutos santos".
La Institución Teresiana introdujo su Causa de Canonización en 1955. El 10 de octubre de 1993 fue beatificado por Juan Pablo II y el pasado 4 de mayo de 2003, coincidiendo con la visita del mismo Papa a España, fue canonizado en la madrileña plaza de Colón, junto con otros cuatro Beatos españoles: José María Rubio, Genoveva Torres, Angela de la Cruz y María Maravillas de Jesús.
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